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Lunes, 27 de abril de 2020

DÍA 45 DEL ESTADO DE ALARMA

No me estoy quejando, mi vida está bien aunque algunas veces reniegue de mi condición humana porque lucha constantemente contra mi naturaleza animal. Y ni gana ni pierde.

El jueves hablábamos mi hermana y yo, filósofas de vocación, de esa curiosa necesidad humana de creer cosas que encajan con nuestro sistema de valores. Así cada uno forja sus propias creencias y da valor a los argumentos que le reconfortan, por muy inverosímiles que parezcan.

En la película “La vida de Pi” el protagonista nos enseña al final de su historia lo que es la fe. Es eso, creer algo por muy descabellado que sea solo porque nos aporta paz. Unos tienen un dios, otros tienen varios, otros creen en el karma, otros en extraterrestres… Pero cada uno le da la suficiente credibilidad a sus dogmas como para defenderlos a muerte y sentir que son los verdaderos.  

Nosotras no tenemos un credo fijado ni inquebrantable. Damos libertad a cualquier pensamiento o idea para que exista y pueda ser cierta. O no. No sabemos nada, no creemos que tengamos que defender lo que no se puede demostrar. Estamos de acuerdo en que de alguna manera las dos tenemos una naturaleza animal muy arraigada. Y tal como hacen los animales, vivimos y dejamos vivir. No esperamos nada de la vida. No hacemos preguntas para las que no tenemos respuestas. No necesitamos saber qué hay más allá de la muerte, de dónde venimos, a dónde vamos. Lo que importa es el aquí y ahora, como importa para Muphy, Novia o Nuska.

Novia, Muphy y Nuska.
Fotografía de Susana F. Leiton

Duermo, como, amo, disfruto del sol, me tiro en la hierba fresca, y cada uno de esos momentos los vivo intensamente sin analizarlos. Esa naturaleza salvaje choca demasiadas veces con la naturaleza humana que nos perturba. No puedes desprenderte de ella, está ahí, y hace que te preocupes por las mierdas mundanas de la vida: el futuro, el dinero, la seguridad, la belleza, la salud, la política… Mi parte humana es lo peor de mí.

Mientras hablábamos de todo esto, mi hermana, que se sorprende por escuchar de mi boca los pensamientos que ella misma tiene, igual que me pasa a mí con ella, ha tenido una especie de revelación interesante. Ha dicho que es como si las dos hubiéramos sido una energía que se dividió para convertirse en las dos personas que somos. Es como si proviniéramos de la misma energía. Ha sido una idea maravillosa que me ha encantado. Por eso nuestras almas conectan tan bien. En ocasiones eso podría explicar por qué algunas veces tenemos conexión con cierta persona de una manera casi mágica.

La idea de que somos energía que ni nace ni muere, simplemente existe y se transforma, es una idea bastante abstracta y puede que hasta realista, aunque ciertamente poco reconfortante y sí algo perturbadora. Nadie quiere ser solo energía que vaga por el mundo.

Para nosotras mi padre murió y simplemente pasó a otro estado. Su energía ahora es otra cosa. A la mayoría de la gente no le reconforta pensar así. Todos necesitan saber que sus seres queridos son almas que se van a algún lugar mejor, o se reencarnan, o viven en el paraíso. Y que por lo tanto habrá posibilidad de un reencuentro. Nosotras sin embargo pensamos que tuvimos nuestro tiempo con nuestro padre en este mundo, en este estado, y que al morir él esa existencia juntos terminó, completó un ciclo. Por eso debemos aprovechar al máximo nuestra vida en este mundo, nuestro momento con cada persona. No debemos dar por supuesto que podremos volver a vernos o que convertidos en almas buenas estaremos juntos en la eternidad. La vida es aquí y ahora. Hay que vivirla así.

Los animales, que en su sencillez lo saben, son los únicos que aprovechan la vida al máximo. Ellos son mis maestros.

Entrada original publicada en VideoProduccionesAL el 27 de abril de 2020.

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